OPINION

Los calvos, una minoría oprimida
Jorge Duany
Catedrático de la UPR
13 de diciembre del 2006

Según un estudio realizado en España, un calvo tiene 25% menos de probabilidad de conseguir un empleo que alguien con una mata de pelo. Otro estudio encontró que muchos jueces estadounidenses consideran que los calvos son menos sinceros y confiables que los hombres de cabellera abundante.

La alopecia ¿término científico para la caída del pelo? es una de las principales causas de la baja autoestima masculina. Además, investigaciones de la Universidad de Harvard revelan que la alopecia es un factor de alto riesgo para los ataques al corazón.

Estadísticamente, casi la mitad de los hombres se queda pelona a los 50 años. No en balde, la industria del cuidado del cabello masculino vende unos 10 mil millones de dólares al año mundialmente. El 43% de los españoles ha probado infructuosamente algún tratamiento contra la alopecia.

Tradicionalmente, el pelo ha sido símbolo de poder, sexualidad, belleza y juventud. En la Grecia clásica, los hombres debían lucir su melena como señal de nobleza. Los calvos se consideraban vulgares en la Roma antigua. Para la España de Quevedo, la calvicie representaba una maldición divina. La Inglaterra isabelina adoptó la peluca larga y rizada como moda de caché. Quién sabe si la reina Isabel se había quedado calva.

Todos esos datos y más son objeto de reflexión, sarcasmo y denuncia en el reciente libro del poeta Eric Landrón, “Vía crucis y redención del calvo” (San Juan: Editorial Musa Tropical, 2006). La tesis del autor es que la calvicie es un fenómeno natural y no necesariamente una catástrofe emocional. Landrón plantea que “a mayor evolución humana, mayor es la alopecia”. Verdaderamente, el pelo de la cabeza no cumple ninguna función esencial para nuestra supervivencia como especie. ¿Será cierto que los pelones son más inteligentes que los peludos?

El libro recoge numerosas observaciones sobre la alopecia, incluyendo citas bíblicas, estudios antropológicos e históricos, artículos de internet, poemas clásicos y del autor, anécdotas y ensayos personales, así como caricaturas de Rita Llanes y un prólogo del escritor chileno Antonio Skármeta. Según este último, “Landrón posee espíritu enciclopédico y burlón”. Incluso, el autor se mofa de sí mismo, desde que se quedó calvo precozmente y descubrió que “la calvicie heredada y erosionada conforma mi inescapable destino”.

Tanto el irreverente texto de Landrón como las divertidas caricaturas de Llanes invocan un panteón de calvos famosos a lo largo de la historia, incluyendo a Hipócrates, Julio César, Napoleón, José Martí, Pablo Casals, Pablo Picasso, Alfred Hitchcock, Pablo Neruda, Yul Brynner, John Wayne, Telly Savalas, Sean Connery, Oscar de la Renta, Patrick Stewart, Antonio Martorell, Earvin ‘Magic’ Johnson y Héctor Luis Acevedo. Según Landrón, este último político perdió las elecciones locales de 1996, frente a Pedro Rosselló, sobre todo por falta de greñas. Entre paréntesis, los estadounidenses nunca han elegido a un presidente pelón.

Como todo buen texto cómico, éste remite a experiencias vividas como trágicas por el autor y millones de hombres (incluyéndome) que sufrimos la caída irreversible del pelo como una alteración significativa de nuestra identidad personal y una pérdida de nuestra apariencia juvenil. La moraleja del libro es que debemos aceptarnos como somos: olvidarnos de tanto emplegoste inservible para detener la alopecia, así como de bisoñés, peinados improbables, transplantes y pastillas mágicas que apenas disimulan nuestra condición genética inexorable. En este autorreconocimiento estriba la redención del calvo que predica Landrón, llevándolo a proponer una Declaración Universal de los Derechos Humanos de los Calvos y de las Calvas, así como una asociación de Alopécicos Anónimos (AA).

La próxima vez que oiga que “los calvos son sexy”, recuerde que también constituyen una minoría oprimida, como los bajitos, canosos y jinchos (con quienes me solidarizo). Quizás convendría organizarnos para defender mejor nuestros intereses colectivos. Como proclama Landrón, “¡Calvos del mundo, uníos!”